Estoy viéndola desde el
otro lado del parque, y no me lo puedo creer. Voy a acercarme, pero no quiero
ser vista aún. De verdad…como me ha podido hacer esto, me ha dejado.
Los árboles pueden
hablar, y me dicen que no siga, que no vale la pena, pero, estoy loca, los
árboles no le hablan a los cuerdos. Pues si estoy loca, vamos a hacer locuras.
Me meto la mano en el abrigo para asegurarme de que está ahí. El frío me está
cortando en dos, que amarga ironía.
Me acerco, y las hojas
secas que han llorado intentan detener mi paso firme. Firme pero sigilosa, la observo. Congelada,
el viento sopla, y la bufanda me intenta asfixiar, hasta que me deshago de ella
al igual que de mis guantes. La miro, la miro, ¡LA MIRO!
Me estoy volviendo loca.
Los árboles me advierten, me gritan, sangran desesperados; creo que son en
realidad el reflejo de mi conciencia. Aún vive dentro de mí, pero toda sensatez
se ha ido, la locura se apodera de mi y tengo unas ganas terribles de reir
frenéticamente.
Sopla viento, sopla. ¿Te
crees que me vas a detener? Me miran, todos los rostros de madera me miran. ¿Dónde
estoy? ¿Acaso saben quien soy? ¡Qué más dará todo!
Me persiguen.
La miro. Me acerco.
Me mira extrañada. ¿Acaso
no ve mis lágrimas? No hay una disculpa en su mirada… ¿Qué pasa? ¿No reconoce
su error? ¿No se acuerda de mi? ¡Soy su amor! ¡Qué pasa!
Me toco una mejilla.
Juraría que estaba llorando, pero lo único que noto es mi cara estirada en una
mueca rara. ¿Por qué no lloro?
-Te quiero… -y le
disparo.
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